Con cada hombre que trabaja

Dos hombres están pescando en un cuadro de Sorolla
Pescadores valencianos. Joaquín Sorolla (1895)

«Saber que uno no hace las cosas porque sí, sino con un significado, como respuesta a un llamado que resuena en lo más hondo de su ser para aportar algo a los demás, hace que esas tareas le den al propio corazón una experiencia especial de plenitud», escribe el Papa Francisco en el capítulo dedicado al trabajo de su exhortación apostólica postsinodal Christus vivit. Sí, el trabajo determina muchos aspectos de nuestra vida, por eso es importante saber abordarlo correctamente.

En las primeras páginas de la Biblia se nos presenta la misma creación como el “trabajo” de Dios. Enseguida, Dios llama al hombre a trabajar, para que se asemeje a Él: como Él vela por todos sus hijos, así nosotros somos invitados a cuidar de nuestros hermanos. El trabajo responde, por tanto, al designio de Dios.

En el Eclesiastés leemos: «He visto que no hay nada mejor para el ser humano que gozarse en su trabajo». El trabajo no constituye, pues, un hecho accesorio, ni es sólo una necesidad biológica de subsistencia, ni, menos aún, una maldición del cielo. Al contrario, es una bendición del Creador. «El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal», en palabras del texto postsinodal. El sacrificio que conlleva el trabajo cristiano es lo que explica su sentido pascual: la alegría del trabajo está ligada a la entrega de uno mismo en favor de los otros.

Pero hay que añadir que el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo. El hombre es el centro de la creación: sólo él ha sido creado a «imagen y semejanza» de Dios, llamado a «dominar la tierra» con su actividad. Las relaciones laborales son, ante todo, relaciones entre seres humanos, y no pueden medirse sólo por su eficacia.

El trabajo tiene como primer fin unir a los hombres, construir una comunidad: sus frutos han de redundar en beneficio de todos. Ha de ser lugar donde el hombre conviva y se relacione, donde el desarrollo personal no sólo sea permitido, sino fomentado, haciendo al trabajador consciente de emplearse realmente “en algo propio”, y donde se busque una producción eficaz y razonable de bienes y servicios. El trabajo es «un estímulo constante para crecer en responsabilidad y en creatividad, es una protección frente a la tendencia al individualismo y a la comodidad, y es también dar gloria a Dios con el desarrollo de las propias capacidades», nos dice el Papa.

Efectivamente, el trabajo tiene en sí una fuerza, que puede dar vida a una comunidad: la solidaridad. La que espontáneamente se desarrolla entre los que comparten el mismo tipo de actividad o profesión, y la que surge con cada hombre que trabaja, cuando, superando todo egoísmo particular, se hace cargo del drama de quien está desocupado o se encuentra en una situación laboral difícil.

Concluimos con la proclamación más plena del “evangelio del trabajo”, la que hizo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre: Él, sometido durante años al oficio de artesano, incorporó el trabajo a su obra de salvación.

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