Lo que se acepta desde el amor

Pintura de Ruizanglada en la que está un monje rezando en su celda
Monje en su celda. M. Ruiz Anglada (1996)

Con el bautismo recibimos la fe como don gratuito, junto con la esperanza y la caridad. Además, la gracia santificante trae consigo la inhabitación trinitaria, la filiación divina, nuestra pertenencia a la Iglesia, etc. Se trata de la fe como hábito sobrenatural que no se identifica sin más con la fe vivida.

La verdadera vida del creyente es la fe vivida, porque «el justo vivirá de la fe» (Rom 1,13). La fe empieza a ser vivida cuando el centro de la propia existencia queda ocupado por la revelación de Dios en Jesucristo. El cristiano empieza a experimentar a Jesucristo (y con él al Padre y al Espíritu Santo) como persona viva que irrumpe en su vida, llenándola de sentido. Dios se vuelve supremamente importante, más que todas las cosas, más que cualquier vida, incluso que la nuestra. El hombre se deja elegir por Dios para que sea él mismo quien imprima la orientación fundamental de la propia vida. Ahora la Palabra de Dios, acogida en el amor creyente, nos determina y Cristo —presente de modo totalizante— empieza a regir nuestro ser: el hombre piensa a partir de la fe, siente a partir de la fe y quiere a partir de la fe. El Señor toma posesión de nuestro corazón, centro existencial de nuestros pensamientos, decisiones y afectos. Por él vale la pena hacer cualquier esfuerzo con tal de conocerle y seguirle.

Su presencia nos es ofrecida con tal fuerza, que se abren los lí­mites de nuestra conciencia (fácilmente replegada sobre el yo) hacia lo infinito de Dios. Nuestras barreras y posibilidades quedan relativizadas en favor del más de Dios; ya no cuenta tanto lo que yo hago sino la acción de Dios.

Cuando el cristiano responde —respuesta de fe al amor absoluto de Dios— encuentra su identidad más profunda. No busca ya llenar por sí­ mismo el contenido de su yo, porque nuestra identidad queda definida por aquel a quien hemos dicho sí, por lo que creemos, por lo que Dios dice y hace en nosotros; en definitiva, por su amor.

Vivir de fe es dejar atrás un yo ambiguo, que es demasiado él mismo. El yo ambiguo, aún sin negar la fe, no permite que tenga todo el peso y espacio en su vida. Necesita imponer su ley sobre su pensamiento, su acción y su conciencia. En cambio, el cristiano que vive de la fe es libre de sí mismo en favor del amor. Recibe con fe la Palabra de Dios (cf. 1Tes 2,13) y, aunque no la comprende del todo, sigue en su camino de fe sin conocer ni controlar las etapas o la importancia de cada etapa. Vivir de la fe implica superar la tentación de pretender conocer toda la luz de la revelación e intentar explicar demasiado, solo con razones humanas, lo que se acepta desde el amor. Al explicar la fe al margen del amor, se la interpreta desde el yo y es fácil que al conceptualizar tanto la fe se vuelva abstracta.

En el mundo de la fe y de la revelación, en el mundo de la gracia y la caridad, hay más invisible que visible. Por ello es vano todo intento de dominio racionalista, sentimental o interesado en forzar frutos y utilidades. Busquemos la primací­a existencial de Dios en nuestra vida, para que nuestra fe sea cada día más viva.