Formación de los Siervos de Jesús

La formación de los Siervos de Jesús, bajo la paternidad espiritual de S. Ignacio de Loyola, busca acompañar y estimular al aspirante en el seguimiento de Cristo mediante la profesión de los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia.

Como la consagración a Dios abarca toda la persona (cf. Mc 12,30), la actividad formativa quiere secundar la acción del Espíritu Santo que va dando la armonía entre la dimensión humana y la sobrenatural, entre lo sacerdotal y la vida religiosa.

A imitación de S. Juan, el espíritu que anima nuestra formación es el primado del servicio por amor que la amistad del Hijo nos ofrece. Formarse para ser Siervo de Jesús es dejar que el Señor disponga de la propia existencia; es ver el amor pobre de Dios crucificado y ofrecerse a servir en lo que él disponga. Sin hacer de uno mismo el centro, ni medir la propia entrega o el resultado.

Lo esencial es que el nombre de Siervo de Jesús se haga realidad en cada uno: que la persona adorable de Jesús sea el corazón de toda la existencia personal y comunitaria, sintiéndose agradecido por haber sido elegido, inmerecidamente, para estar con él y servirlo. Un siervo no desea que lo miren a él sino a su Señor, para que sea más conocido y amado.

El itinerario de formación consta de postulantado, noviciado y los estudios de filosofía y teología, que incluyen un período largo dedicado al apostolado. Después, algunos miembros son destinados a una formación especializada, según las condiciones personales y las necesidades del Instituto. Hecha unos años antes la profesión religiosa, al terminar los estudios se recibe la ordenación sacerdotal. Además, cada uno continúa su formación a lo largo de toda su vida religiosa.

No se trata de seguir un currículum para obtener un título, sino de verificar durante este tiempo si efectivamente este camino es la voluntad de Dios, si el candidato encuentra cada vez más al Señor Jesús vivo y si puede servirlo toda la vida según el modo evangélico.

Esquema sobre las etapas de formación de los Siervos de Jesús
Etapas de la formación de los Siervos de Jesús

Esto implica que cada formando ha de recibir activamente y con plena disponibilidad, en espíritu de amor fraterno y de pobreza, lo que le ofrecen para su formación. Cada etapa también favorece una inteligencia espiritual y teológica desde la Palabra de Dios, que interesa no solo para la labor sacerdotal, sino que debe tocar toda su existencia.

La labor de los formadores consiste en ayudar al formando a salir de sí mismo para entrar en relación con Cristo y vivir del don de la amistad que Él ofrece y que ha de reflejarse con sus hermanos de comunidad, en el estudio académico y en los servicios y apostolados que atiende. «Como toda tarea cristiana, formar religiosos requiere docilidad y fidelidad. Es una cuestión de amor y gracia», relata el P. Sergio Rodríguez Pantoja, actual Maestro de Novicios.

Los Ejercicios Espirituales ignacianos son el marco fundamental de referencia. Ellos configuran los cursos, las actividades, el modo de vivir, el apostolado, la educación afectiva, las renuncias, en fin, el espíritu de los consejos evangélicos. Los Ejercicios suponen un contacto directo «del Creador con su creatura» (EE 15) y requieren una escucha atenta de esta acción divina en cada uno para seguir su impulso y así «más amarle y seguirle» (EE 104).

El principal instrumento de la formación es la atención personal y el coloquio formativo, en un clima de transparencia, serenidad y delicadeza. Además, están lo que S. Ignacio llamaba «probaciones». Entre ellas la peregrinación, en la que cada formando dice sí a ser puesto a prueba durante ocho días en pobreza radical, anunciando el Reino de Dios, ayudando a enfermos y pobres, y recibiendo la hospitalidad y la comida que la gente buenamente quiera dar. Se trata de experimentar un poco el estilo de vida de Jesús y de sus discípulos que iban de aldea en aldea (cf.Lc 10).

Asimismo, semanalmente y en los períodos vacacionales se realiza un apostolado donde se busca el encuentro con Cristo presente en los pobres, en los enfermos, en los niños, en los desamparados, para servirle con alegría y esmero.

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